El olor dulce de Higuera de Albalat

El olor dulce de Higuera de Albalat

Pasé la tarde en la tertulia del banco, charla de mujeres frente a la tertulia a las puertas del bar, palabras de hombre. Pasé la tarde entre ellas y ahora las veo desde mi mesa, el lugar que desde hace un mes es mi escritorio, mi espacio cotidiano. Mis ojos miran al frente; a la izquierda se abre la plaza y a la derecha, las fachadas trazan una recta imprecisa. En la fuga de esta línea, cuando la plaza termina, queda ese banco, esa tertulia; más allá los ojos desembocan en el monte.

Cuando escribo oigo música clásica, aunque a esta hora no lo hago: abro el balcón y dejo a los pájaros programar la banda sonora del ocaso. Pero el ocaso se ha olvidado de llegar. Resulta asombroso que el sol esté aún alto, que la fachada de la iglesia siga dorada. Una mujer mueve el abanico, dos hacen ganchillo; sus voces salpican la cantata de los trinos: las imagino instrumentos de cuerda en un concierto de viento. De pronto se suma la percusión: la campana vocea ocho veces; cuando calla, un vencejo se apalanca en la barandilla del balcón de la casa contigua.

Es aún de día cuando salgo a caminar en un paseo sin rumbo fijo, sin prisa ni destino. Uno de los libros que me acompañan en mi tiempo en Extremadura es Caminar, de Henry David Thoreau, el hombre que persiguió la búsqueda de la naturaleza como forma de vida, que creyó que la inmersión en ella era lo que de verdad hacía al hombre humano, que caminar era lo que daba cuerda a la verdadera existencia.

Camino con frecuencia con un libro. Casi a diario, desde que llegué a Higuera de Albalat, doy paseos sin destino.

 

Solo habitualmente, a veces en compañía. He visto el molino viejo, los restos de la mina, las gargantas, los campos de la caza, los árboles que respetaron las repoblaciones, lugares a los que no sabría volver salvo que mis pasos quisieran repetirse. Uno de los placeres de estar en un pueblo pequeño es agrandarlo con su entorno, dejar enseguida las casas y llegar a las viviendas de los animales, a la casa que solo tiene por techo el cielo. Mirar ese cielo entre las ramas, descubrir huellas en el camino todavía húmedo por la última lluvia.

Hoy, en mi paseo, el pantalón se empapa, las botas se llenas del agua de las hierbas. A esta hora se echa a oler la naturaleza. Hace tiempo que camino por los montes, que hago eso que los japoneses llaman shinrinyoku, el baño de bosque. No es montañismo, ni marcha ni ruta, no tiene metas ni objetivos, no persigue un fin deportivo sino una sensación personal. Es pariente del vagabundeo, no del atletismo. En este paseo, cuando aún brillaba la tarde, la luna se presentó para recordar que, aunque no lo parezca, es ya su hora.

Habían pelado los árboles y la piel les brillaba. Subí a un murete de piedra y me senté. Hace siglos, el poeta Basho escribió un haiku, el poema japonés de 17 sílabas, en el que su protagonista era una rana. Me senté en la pared alabeada. Abrí el cuaderno y escribí:

Tronco piel roja,

muro de piedra. Trepa

la lagartija

Si la piel del árbol era roja solo podía estar en la tierra de los alcornoques. Por fin comenzó a oscurecer. Oí a lo lejos las merinas, ovejas negras cuyo color estuvo a punto de extinguirlas. Esa era la única voz del crepúsculo. Mis botas estaban brillantes de barro. ¿Qué me trajo a este pueblo, Higuera de Albalat, cuyo nombre jamás había oído?

Seis lunas atrás, tras establecer morada en otro país, después de años de viajes, pensé en recorrer España. No las ciudades que había conocido tiempo atrás, sino pueblos, lugares pequeños, espacios que no tuvieran a diario más de cien habitantes. Tracé un dibujo en el mapa sin tener aún nombres, solo un círculo en el sentido de las agujas del reloj. Los nombres llegarían luego, como fuera, casi sin necesidad de buscarlos. Y, como en otro reloj, uno de arena, los topónimos comenzaron a caer uno a uno.

 

Fuente vieja en Higuera de AlbalatAsí empecé en invierno un viaje de pasos detenidos que me llevaría a cuatro lugares. El primero se llamaba Araguës del Puerto y quedaba en el Pirineo de Huesca, en la montaña y la nieve. El segundo, El Centenillo, se tumbaba en la Sierra Morena de los bandoleros y las minas. Desde allí debía girar al oeste. Me gustaba Extremadura, la tierra a la que, cuando era adolescente, llegaba cada año para ver los buitres desde abajo. Monfragüe, sus alrededores, no sonaba mal como tercer destino, asentada ya la primavera. Solo tenía que localizar un pueblo de menos de cien habitantes, un hogar hasta finales de junio.

¿Qué lleva a un destino y no a otro, qué determina que lleguemos a un lugar concreto? Hay algo, más allá del deseo o el conocimiento, algo tan ajeno al destino como a la casualidad, que guía nuestros pasos, por un día o quizás para siempre. Luego, las sensaciones que se alcanzan en ese destino, en esa casa efímera, dependen de razones más concretas: el paisaje, la estética, los lugares hermosos, los descubrimientos y las sorpresas, la gente que encontramos.

La gente, el paisaje de las voces y los sentimientos, determinan la estancia en un lugar que, primero, fue solo un nombre en un mapa. Sucede a veces que, lo que pensamos efímero, se vuelva perdurable. Que en el lugar de paso se encuentre el bosque o el huerto sobre el que plantar una cabaña.

Recuerdo el primer día que llegué a Higuera y fui al bar. Los hombres, sentados junto a la puerta, miraron al forastero. Tres días después, ese forastero compartía con ellos las sillas; y las palabras. Higuera se había vuelto parte del viajero porque el viajero se había vuelto parte de Higuera.

Aunque marche, sabe que ha de regresar un día. A andar por caminos húmedos, a pasear entre árboles de piel rugosa y suave, a escuchar el concierto para orquesta de pájaros y voces, a llegar a una entrada en la que Maxi ya lleva dos cafés de ventaja, a escuchar la campana que se echa a dormir a medianoche. Tal vez, a escribir en una cabaña cuya puerta deje entrar cada atardecer, a finales de primavera, el olor dulce de los higos caídos.

 

Suso Mourelo*

Suso Mourelo es escritor. Su último libro es Tiempo de Hiroshima (La línea del Horizonte, 2018)

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